sábado, 4 de septiembre de 2010

LECTURA

EJERCICIO

Lee la siguiente autobiografía localiza los tipos de descripción que estén presentes en el texto. Fíjate cómo esas descripciones nos ayudan a conocer al personaje y las circunstancias que relata, e identifica además la persona gramatical usada en el texto. Después elabora un mapa mental sobre tu vida.





Documentos de Lauro Zavala

Autobiografía bibliográfica

Empecé a leer antes de reconocer las letras. A los tres años, mi hermano me enseñó a leer en los comics de Sherlock Holmes y en los letreros de la calle.

Al cumplir cinco años mi papá me regaló un pequeño diccionario rojo, gordo, de pasta semidura, con las palabras en versales negrito. Siempre lo traía en la bolsa de mis pantalones cortos de tweed. Cada vez que escuchaba una palabra que no conocía, la consultaba, hasta que las vecinas en minifalda atrajeron mi atención con más fuerza que las palabras. Y empecé a utilizar las palabras para conquistar a las vecinas.

El primer libro que leí completo fue Las aventuras de Tom Sawyer de Mark Twain, cuando tenía seis años. Me impresionó la muerte del indio y el reencuentro de Tom y su amiga en la cueva. El año siguiente leí La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson, aunque no me gustó tanto. Después leí Corazón de Edmundo de Amicis, del cual me atrajo la idea de estar integrado por historias muy diversas. Y entonces, a los ocho años, descubrí el cine de Jerry Lewis y las secciones sobre ciencia de Selecciones, Contenido, Mecánica Popular y Revista de Revistas (1962). La mejor era esta última, de la cual tenía una colección de más de cien números, mismos que releía por la diversión de encontrar brevísimos textos donde se resumía toda clase de datos sobre diversas materias.

Al cumplir diez años nos visitó una lejana tía proveniente de Honduras. Antes de tomar su avión de regreso me llevó a una enorme librería (en el ahora desaparecido Hotel Regis en la Avenida Reforma) y me dijo: “Qué libros quieres; puedes elegir dos”. Elegí

20 000 leguas de viaje submarino y su secuela, La isla misteriosa de Julio Verne, en una edición ilustrada en pasta dura. Estos ejemplares los bajaron con un gancho especial de un estante muy alto, y los envolvieron en papel para entregármelos en un paquete sellado. Al llegar a casa empecé una tradición familiar, pues por primera vez el libro era más interesante que la hora de la comida. Entonces las palabras me conquistaron a mí.

Después de ese descubrimiento empecé a recorrer la ciudad en busca de otros libros de aventuras. Hasta los trece años combiné mi afición por las novelas (de viajeros, pilotos de autos de carrera, ingenieros de presas, capitanes de barco, exiliados y otros aventureros) con excursiones a la Biblioteca Benjamín Franklin, de la Embajada de Estados Unidos. Éste era un lugar muy moderno, funcional y bien iluminado en el interior de un edificio grande y antiguo, con cientos de libros para niños. Ahí pasaba las tardes hojeando la colección de National Geographic y otras revistas sobre la naturaleza, como las lujosas Ocean y Wild Life y el muy completo Science Yearbook, que contenía una selección de artículos de investigación y diversos recuadros con reportes de los descubrimientos recientes.

Tenía doce años cuando me di cuenta de que había aparecido en el Cuadro de Honor de mi escuela por las calificaciones obtenidas sin haber abierto siquiera los libros de texto, que me parecían muy aburridos. Todo lo había aprendido de los libros de la Biblioteca Franklin, la mayor parte de ellos en inglés. Las palabras empezaban a dejarse conquistar. Mientras tanto, el resto de la vida estaba formado por viajes familiares al autocinema, viajes mensuales a la carretera de Cuernavaca, competencias en patines de ruedas, los rituales de burro dieciséis, competencias de ajedrez, excursiones en grupo, y los juegos de béisbol, frontón y basquet.

Al entrar a la prepa me aburrí todavía más con los cursos. En contraste, encontraba fascinantes los libros sobre el proceso de resolución de problemas que realiza un ingeniero, y los libros sobre astronáutica, biología molecular, etología, evolución y primates, todos ellos en la sección de ciencia de la Franklin. Me suscribí a American Scientist y empecé a recibir libros científicos del extranjero, los cuales devoraba en pocos días. Descubrí las películas de Jacques Cousteau y llegué a predecir el tiempo con un barómetro y un higrómetro que construí con materiales caseros. Ahora también la naturaleza se dejaba conquistar a través de las palabras.

Pensé que llegaría a ser un ingeniero petrolero, manejando un jeep en medio de la lluvia y el lodo, resolviendo problemas técnicos para después volver a la tranquilidad de mi casa ecológica y seguir leyendo. Al concluir la secundaria había leído 350 libros, casi todos sobre temas científicos, y a partir de entonces perdí la cuenta.

El último año de la prepa me aburrí tanto en la escuela que deserté y empecé a asistir como oyente en las carreras de Lingüística, Biología y Matemáticas, donde me sentía en mi elemento, especialmente en los cursos avanzados de Topología. Una delicia. Y además, los topólogos jugaban buen futbol y tenían conciencia social. El 68 estaba muy reciente (1971).

Entonces leí a Freud y otros psicoanalistas y psicólogos (Fromm, Erikson, Hampden-Turner, Jung, Ferenczi, Jones). Y pensé que querría haber vivido una vida como la de John Dewey, en medio de la naturaleza y en contacto con niños sobredotados.

Pasé tres años revisando pruebas de imprenta en El Colegio de México y en la editorial Siglo XXI, donde leí alrededor de 250 libros sobre economía, sociología y psicoanálisis (de Santiago Ramírez a Manuel Camacho). También empecé a publicar reseñas de libros en el suplemento de El Nacional.

Decidí terminar la prepa, de la cual sólo debía una materia: Cálculo Diferencial e Integral. Estudié en un libro de autoaprendizaje, 2 horas diarias durante 15 días, y aprobé con el mejor examen de 300 estudiantes.

Quería estudiar Letras Inglesas, pero mi papá me disuadió con el viejo argumento: “¿De qué vas a vivir’”. Mientras tanto, ya tenía arraigado el vicio de leer compulsivamente. Al salir de mi trabajo como revisor de estilo en El Colegio de México (en la calle de Guanajuato, donde alguna vez vi a Don Daniel Cosío Villegas), entraba en la Librería Universitaria, en Avenida Insurgentes, y salía con una bolsa de papel estraza (café oscuro, como las del supermercado) llena de libros en oferta. Los trasladaba en camión (2 horas de un trayecto de expectación inevitable) y al llegar a casa los estudiaba uno a uno, y empezaba a formar mi propio criterio de lectura.

Ingresé a la universidad, donde tomaba notas diariamente de mis lecturas antes de la discusión en clase. Durante el segundo año me llamaron para ser profesor de Redacción en la Universidad Nacional. El resto del tiempo veía una, dos o tres películas diarias, casi todas por televisión. Y empecé a tomar notas sobre mi impresión de cada una, antes de que la olvidara o la confundiera con las demás. Al concluir la carrera había llenado siete cuadernos con las notas de cientos de películas. Y había empezado a publicar mis primeros trabajos de crítica cinematográfica, como un acto de gratitud gozosa.

Diseñaba mis cursos como un itinerario de los libros que quería leer sobre la materia, durante el semestre. Así leí docenas de libros sobre semiótica, comunicación y teoría literaria.

Mi ingreso al doctorado en literatura significó el acceso a una mejor biblioteca, más disciplina y el inicio de una escritura más sistemática y, creo, más rigurosa.

En el año 89 se publicó mi primer libro, una recopilación de mis notas sobre cine. Lo entiendo como un conjunto de ejercicios de estilo. Ahora tengo cinco libros en prensa sobre la escritura, el cine y los procesos de recepción. Y mi siguiente objetivo es la redacción de la tesis doctoral sobre los cuentos ultracortos de Jorge Luis Borges.

Enero 1990

Posdata de 2001: Después de haber publicado 20 libros (con otros 17 en proceso) sigo pensando que la combinación de brevedad y diversidad es la mejor forma de escribir.

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